No solo son años, es el peso de las batallas, de los silencios compartidos y de las risas sin fin. Amigos que son puentes, que derriban las murallas, y que cuidan, del uno del otro, como hermanos.
Gracias por el "agüite" que sanamos juntos, por las notas de voz que no tienen horario, por ser el refugio en los peores momentos, y la luz que ilumina todos mis tormentos.
Me reconcilié con el sol y con cada mañana, con el olor del café y la lluvia al caer. La vida ya no es una carga lejana, es la aurora que entra por mi ventana.
Amo la lectura de un libro, un café humeante y la suerte de estar aquí, con el alma despierta. He dejado de correr tras un falso destino, para vivir con la mente y la puerta abierta.
Brindo por los que están, por los que ya no, por la vida que late con fuerza en mi corazón. Por los amigos que van y los que se mantienen, por esos que sostienen el idioma de los leales.
Antes de amar a otro, aprendí a amar el mundo, a valorar el tiempo y la paz del camino. Hoy mi agradecimiento es real y profundo: soy el dueño absoluto de mi propio destino.